Mejor caminar con las manos

Clovis roncaba y roncaba, ya nadie sabía que hacer para despertarla. No la depertaron los portazos, la regadera, la zamba pampeana, el ajo triturado, la linterna, los mosquitos ni el ventilador. Pero cosa rara, la despertó el depertador.

Se despertó de un salto, pero cayó parada de manos.

Así parada como estaba vió por primera vez todos los tesoros que habitaban debajo de su cama: pelusas gigantes, botones solitarios, tornillitos, monedas y hasta ese moñito que estaba buscando.


El descubrimiento la dejó entusismada y decidió pasar el día así, caminando con las manos.
Algunas cosas se hicieron muy complicadas, otras no tanto. Por ejemplo, ir al baño...o vestirse, porque tuvo que aprender a sentarse al revés con la cabeza para abajo, los pies arriba y las manos en la alfombra y ponerse la remera fue todo un desafío.


La molestia de sentarse a la mesa a desayunar la protagonizó Felicitas, la perrita de la casa, que no dejó de lamerle la cara y olfatear el chocolate de la taza y el dulce de la tostada.
Nadie en la familia estuvo de a cuerdo con la decisión de Clovis, pero no insisitieron seguros que el capricho no le iba a durar mucho. Todos se hicieron los distraidos y le hablaban seriamente del clima y del perfume del repollo colorado, mirándola a los pies de medias distintas, que descansaban en el respaldo de la silla.
Ella constestaba desde las profundidades del mantel mirando respetuosamente los pies correpondientes a cada voz. Descubrió así que hay gente que cuando habla gesticula con los deditos de los pies, y otros con las rodillas. Tomó nota de sus observaciones familiares y salió a la calle para ampliar el campo de su investigación.
En la vereda encontró monedas suficientes para comprar un alfajor grande, aunque para que el señor del kiosko se lo diera tuvo que recurrir a un vecino que hizo de intermediario. Un gato cariñoso la miró cara a cara con sus ojos de luz amarilla y ya no pudo caminar sola. Se le iba enroscando en los brazos paso a paso y con la punta de la cola peluda le hacía cosquillas en el cuello.

Descubrió montones de caminitos de hormigas que cruzaban la veredad de lado a lado. Cuando el cemento estaba fresco un perro había dejado una huella que era pileta de natación de larvas de mosquito. Ocupada en plena investigación reconoció los zapatos de su papá que la buscaba para ir a almorzar, y allá fue sin dejar el cuadernito de notas.
Con la panza llena se sentó (al revés) en el sillón, junto a la estufa y un rato después estaba soñando con investigaciones complicadísimas.


Clovis roncaba y roncaba, nadie quería despertarla, todos caminaban en puntas de pié . "Seguro se cansó mucho de caminar con las manos ", se repetían unos a otros hablando bajito y abriendo mucho los ojos.
Hasta que un mimoso lambetazo de Felicitas la despertó y de un salto se encontró parada, con los pies, como siempre.

    Paula Rusquellas
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